Hubo en el siglo XIX un hombre en un lugar de La Mancha que, con los años, se hizo famoso en su aldea por dos motivos: contaba unas historias fantásticas que a todos enganchaba y hacía unos quesos con tal sabor que a todos atrapaba. Su nombre: Bernardo. Era muy sociable, conocía a niños y ancianos y a todos les dedicaba unas palabras de algún suceso real o inventado. Así iba alimentando ilusiones, y estómagos y paladares.
Un día alguien de la aldea lo comparó con Bernardo del Carpio, un personaje legendario de la Edad Media española al que se le atribuyen numerosas hazañas y que sirvió de inspiración en siglos posteriores para piezas teatrales, novelas caballerescas y poemas épicos. Fue así que de boca en boca y de día en día los vecinos comenzaron a llamarlo Bernardo Carpio. Y de uso en uso, de oído a oído, sus amigos, compañeros, y clientes terminaron llamándole Bernardo Carpuela. Y por extensión, aquellos quesos que Bernardo elaboraba con tanto arte y empeño, como las historias que fabricaba, acabaron por recibir el mismo nombre: quesos de Carpuela.
Aun hoy los más viejos del lugar recuerdan comer un trozo de queso cuando eran apenas niños, a la sombra de la casa de barro, saboreando el placer del buen yantar, tranquilizados por todas y cada una de las palabras que Carpuela, el abuelo Carpuela, iba sembrando en sus oídos. Y aún hoy, cuando los niños prueban el queso Carpuela todavía hay quien les recuerda aquella tradición que aún permanece y que se ha ido transmitiendo de oído a oído, de generación en generación: la sabiduría del buen hacer.